MANRESA. SANTA CUEVA. —
Muerte del Hermano. Massana:
Lleno de años merecimientos pasó a mejor vida, el día 12 de septiembre, nuestro buen Hermano José Massana Fontanet.
Nacido en Castellfollit del Boix, pueblo vecino de Manresa, el 22 de noviembre de 1861, ingresó en la Compañía a los 22 años de edad.
Después del noviciado, hecho en Veruela, los Superiores le destinaron al Colegio de San Ignacio de Manresa, donde desempeñó principalmente el oficio de cocinero con gran contentamiento de los colegiales, entre los cuales pronto adquirió fama de excelente. Al trasladarse el Colegio a Sarriá, pasó a la Santa Cueva con el mismo cargo. Su residencia, pues, oficial y habitual (fuera de la de Tarragona), fue Manresa, en la que se puede decir que nació, vivió y murió. Ingresa al convent als 23 anys (1884)

Tres cualidades caracterizaron, entre otras, su larga vida en la compañía: Su piedad, su laboriosidad y su amor al Instituto.
De su piedad acendrada se posee una multitud de hechos muy edificantes:postura siempre devota en la capilla; asistencia a las letanías de comunidad, aun cuando se tenían abajo en la ‘ Coveta’, con su dificultad de subir y bajar escaleras; frecuentes visitas al Santísimo en la capilla doméstica, etc.
Cuando por escasez de Padres los domingos no podía haber misa en la capilla doméstica,nunca mostró disgusto y bajaba a la iglesia con toda puntualidad a oír la primera misa.
Con frecuencia le veíamos rosario en mano, ora en la portería supliendo al Hermano Portero, ora en el huerto sentado en una piedra mientras trabajaba en él el hombre que le ayudaba.
En su última enfermedad repetía con muchísima frecuencia oraciones jaculatorias, aun en momentos de delirio, al Señor, a la Virgen, a nuestro P. S. Ignacio.

De su espíritu laborioso se puede afirmar que nunca estuvo ocioso el Hermano Massana. Concretándonos al último decenio de su vida, siempre estuvo ocupado en una cosa u otra, principalmente en el cuidado de los huertecitos de la casa. Cuando no podía cultivarlos por si a causa de sus años, el difunto Padre Sabater, siendo Superior, le dio un hombre que le ayudase.
No obstante, él mismo tomaba las herramientas haciendo lo que podía. La diligencia que ponía en ello era muy grande, a fin de que produjesen lo más posible y no se perdiese nada. No menos se distinguía por su amor a la Compañía. Ello se manifestaba prácticamente en sus conversaciones, hablando con encomio de los Padres antiguos que había conocido, de sus trabajos y ministerios, y en su amor a todos los Nuestros.
No son pocas las casas de nuestra Provincia que han presenciado este amor del Hermano Massana hacia los Nuestros; ni han sido pocos los Nuestros que, cuidados con amor maternal por el Hermano Massana en los últimos días de su vida,murieron en sus brazos.
Hasta sus 70 años fue muy frecuente llamarle cuando había en una casa uno de los Nuestros de cuidado, para que le atendiese. Y era entonces de ver con qué caridad, solicitud y diligencia lo hacía.
El recuerdo de esto le confortó también a él más de una vez, cuando los agudos dolores de la pierna fracturada le arrancaban exclamaciones y ayes. Como en uno de esos momentos se le recordase lo que aconsejaba él a los demás, cuando así sufrían, se callaba y repetía entonces bajito una jaculatoria.
Además, era muy grande la alegría que sentía en tiempo de la disolución si algunas personas bienhechoras regalaban algo para el grupo a que pertenecía.
Al preguntársele de quién lo había recibido, decía graciosamente que de Vilafranca. Entonces fue también cuando tuvo que padecer algo por la Compañía, siendo preso con los otros tres de los Nuestros de Manresa, compartiendo las privaciones de la cárcel.
Lo mismo cuando por los años 1907 el P. Daniel M.ª Vives fundó el Patronato Obrero de Ntra. Sra. de Montserrat, el Hermano fué su mano derecha ayudándole en aquella obra social que tan buenos resultados dió en la ciudad y que le granjeó desde aquel entonces tantos amigos como vimos en su entierro.
Hacía más de dos años que iba perdiendo sensiblemente en sus fuerzas, en la vista y en el oído. Ya los días en que se quedaba en el aposento para comer y cenar, por no poder bajar al refectorio, se fueron haciendo más frecuentes. El 30 de agosto por la tarde se cayó en su misma habitación junto al lavabo, fracturándose el fémur. Acudieron en seguida los médicos, le hicieron la primera cura y le hicieron una radiografía.
En ella aparecía la fracturación, que, si no presentaba el estado interesante que la del P. Ministro, se apreciaba como grave por los años. Todos creímos que ya no se levantaría; como así fué.
Sufría muchísimo, sobre todo cuando teníamos que arreglarle. El domingo, 3 de septiembre, por la mañana se acentuó más el delirio comenzado el día anterior.
Hacia las once un ataque cardíaco pareció ponerle muy al cabo. El Hermano Doménech en seguida llamó al P. Solá Ramón pues el P. Superior estaba fuera de casa (entonces), y se le administró la Santa Unción. Gracias a la inyección que le dió el Hermano Enfermero, reaccionó algo.
No se le pudo dar el Santo Viático por no poder tragar las sagradas especies ni darse cuenta de lo que se hacía. Desde entonces se le veló constantemente: día y noche tenía un Hermano al lado, y durante el día no faltaba tampoco un Padre que estuviese o bien en el aposento o bien en el corredor junto a la puerta. A menudo se le oía pedir al Señor que se lo llevase al cielo.
El domingo, 10, empeoró mucho: el 11 se le hizo la recomendación del alma; pero alargó hasta el día siguiente: como si la Santísima Virgen de quien era tan devoto el Hermano, se lo quisiera llevar al cielo en la fiesta de su Dulcísimo Nombre.

En efecto, aquella última mañana ya no daba más señal de vida que la respiración, hasta la cinco de la tarde en que, haciendo dos pequeños estremecimientos con las manos, se durmió en el Señor y en su Santa Compañía, en la que había vivido 67 años y había siempre deseado morir.
El sepelio y la misa funeral se le hizo el jueves, por esperar que llegase el P. Superior, que había ido a Roma con la peregrinación de las Congregaciones Marianas.
La concurrencia a dicha misa y al entierro fué muy notable. Con tantos años de residir en Manresa, por haber trabajado mucho con el P. Vives y por razón de su oficio, el Hermano contaba con no pocos amigos y conocidos que en esta ocasión quisieron testimoniar su afecto a él y en él a la Compañía de Jesús, de la cual había sido siempre el Hermano Massana un hijo muy digno y un religioso muy bueno, uno de aquellos buenos HH. Coadjutores de cepa auténtica y de espíritu caritativo, piadoso, laborioso y edificante, como son los que describen las Reglas de nuestros carísimos HH. Coadjutores.
Nota
Esta crónica fue publicada a “Noticias de la provincia Tarraconense, 1950”, páginas 488, 489 i 490 i nos fue ofrecida por el reverendo Jordi Roca i Coll.